06 / 04 / 2020

Archivo Loja, Ecuador

Galo Guerrero-Jiménez

Galo Guerrero-Jiménez

En estos días y semanas de tragedia que vive la humanidad es cuando el ser humano, desde su encierro obligado asume una serie de actitudes psico-somáticas y, en muchos casos, con una visión positivista sobre el conflicto que le puede estar lacerando el alma, la emoción y su misma cognición. En estos casos, y desde el silencio más sentido puede darse tiempo para la meditación y, en especial, para reflexionar sobre el valor que la vida humana tiene para relacionarse con sus congéneres desde uno de los vectores más esenciales para su plena realización: la palabra oralizada, escrita, leída o transmitida y recibida desde las diversas herramientas informático-tecnológico-virtuales a través de un texto escrito, una imagen, desde un gesto o desde los diversos signos gráfico-simbólicos que la sociedad ha creado no solo para la comunicación personalizada, familiar, institucional y de aldea, sino desde esa visión planetaria y globalizada que hoy nos hace experimentar el sentido de pertenencia al universo en su unicidad, y sin perder el sentido de singularidad, de autonomía y de fragilidad humana que nos caracteriza para comunicarnos con el mundo exterior.


Hoy más que nunca, frente a la pandemia del coronavirus, le estamos haciendo el quite a la muerte que muy “suelta de huesos” está al acecho para depositar su golpe mortal a


La lectura de un tema bien asimilado nos lleva a un recto silencio, a un recto callar, a un recto hablar, a un adecuado pensar y a una actitud de atención en torno a situaciones personales que como producto del impacto de la lectura nos conmueven en lo más profundo de nuestro caudal de verdad psicológico-socio-cultural y artísticamente asumida, que nos llenan de admiración y de inquietudes emocionales que brotan desde el fondo de nuestra psique dado el poder de penetración humana y revelación que tiene el lector activo para detectar la diversidad de complejidades que posee el espíritu humano.


No es humano vivir indiferentes frente al dolor o sufrimiento del prójimo por distante que esté del otro; de alguna forma nos humanizamos en la medida en que participamos de los sentimientos de aquel que más sufre, y es ahí cuando aparecen los milagros de la vida, es decir, aquellos pequeños o grandes espacios que nos dan la oportunidad para llegar al sufriente con un hálito de felicidad, con un pequeño o gran puñado de alegrías que sorpresivamente, o con la agudeza de la actitud personal, pueden ser brindados con el más fino ingrediente de la riqueza interior que habita en cada ser humano que sabe  activar su sensibilidad para acercarse al prójimo y brindarle su pócima de cariño, de admiración, de pleitesía, incluso ante “en el recto callar”, cuando las palabras que pueden aflorar para llenar de magnanimidad al que sufre, no salen fluyentes, oportunas, misericordiosas, porque el dolor que también padece aquel que quiere brindar lo mejor de sí por el que sufre, se le quedan ahogadas o quizá reprimidas en el fluir de su contacto con el que sufre.


En un país que casi no lee sino solo para estudiar, es decir, para cumplir con una tarea escolar y no para darnos cuenta que “la lectura nos ayuda a develar secretos de cuya existencia ni siquiera sospechábamos, a imaginar otros mundos posibles, a habitar lugares y tiempos diferentes; a encontrarle sentido a la vida, allí donde parecía que todo había acabado para nosotros; a ejercitar nuestro pensamiento divergente y darle alas a nuestra creatividad; a aguzar nuestras capacidades de análisis y de síntesis; a mejorar nuestro poder de expresión y convertirnos no solo en lectores de textos ajenos, sino en autores de nuestros propios textos, ‘no para que todos seamos artistas’, como decía [el escritor italiano] Rodari, sino ‘para que todos seamos libres’” (Delgado, 2011).


El columnista Enrique Rojas de Diario El Universo de Guayaquil, en uno de sus espacios periodísticos “Qué queremos de la educación?”, preocupado por las circunstancias deplorables en las que se desenvuelve nuestra educación ecuatoriana, agobiada por una serie de problemas de ineptitud política provocada por los diferentes gobiernos de turno, por la falta de acciones socio-familiares adecuadas, por la pobreza material y moral de sus ciudadanos y por el bajísimo nivel profesional y humanístico-pedagógico-científico de nuestros docentes que no permiten que la educación formal y escolarizada obtenga unos resultados adecuados a las más sanas posibilidades intelectuales y emocionales de vida que deben poseer nuestros estudiantes para que contribuyan al desarrollo socio-productivo y científico-investigativo-cultural para que nuestra realidad ecuatoriana sea la más óptima en todos los órdenes de vida que cada ciudadano emprende cotidianamente en su diario vivir.


Leer es una bendición

Publicado en Columnista Febrero 04 2020 0

Leer un texto es una bendición porque su lectura nos relaja, nos vuelve activos en una sociedad que ha perdido su capacidad para aprender a pensar con rigor y que todo lo quiere fácil. La palabra impresa o virtual bien leída, le da sentido y coherencia al individuo lector “para que se conozca a sí mismo y conozca su relación con el mundo” (Pazo, 2011). Si no es así, la marginación social es el primer asalto a la inteligencia que un ser humano afronta por no estar bendecido por el ambiente simbólico que la palabra leída genera.


De entre las cosas vivientes que más mueren en completo abandono y que claman por la compañía de alguien que las rescaten de esa angustiosa soledad, son los libros que reposan por miles de miles de millones en bibliotecas físicas y virtuales. Y, al igual que ellos, hay millones de seres humanos que estando en medio del mundo y dentro de una colectividad que quizá hace mucho ruido, bien en la familia, en el trabajo o inmiscuidos en la bullanga que emite la sociedad en general, viven en la más completa soledad, unos para morirse de pena por el abandono que quizá ellos mismos se lo generan o que la sociedad los arrinconó para siempre y, otros, para aprovecharla en beneficio de su desarrollo personal.


 

El poeta venezolano José Gregorio González sostiene que “La navidad es una época de reencuentro. El nacimiento del Niño Dios es un acontecimiento que celebra la cristiandad entre cantos y rezos; entre cuentos y poemas. Tras dos mil años de historia, la memoria colectiva nos hereda no solo la celebración religiosa sino tantos ritos que nos acercan al mensaje del Salvador: “Paz a los hombres de buena voluntad” (2019).


 

Si queremos que nuestra comunicación sea escuchada, es decir valorada, tenemos que comunicarnos con la cabeza y con el corazón: la razón por sí sola no basta por más que la inteligencia mental funcione adecuadamente.


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