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De la manipulación al ilusionismo mental

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Hay personas que tienen el don de la palabra, ese talismán capaz de hacer delirar a quienes les escuchan, una facilidad de expresión impresionante que les permite llegar con facilidad a la gente para persuadirla, cautivarla, disuadirla, seducirla y conducirla hacia metas que no estaban en sus planes. El habla es un atributo del ser humano; el don de la palabra es un patrimonio exclusivo de ciertas personas que nacieron con el privilegio de una admirable y eficaz competencia comunicativa. Quien tiene el don de la palabra debe saber que trae consigo una gran responsabilidad, porque con su palabra elocuente y cautivadora pueden hacer mucho bien, si lo utiliza con ética; o mucho mal, si lo utiliza para manipular y beneficiarse de la ingenuidad de quienes le escuchan.


El escenario de la política es el mejor testimonio para reflexionar sobre esta realidad. Cuando el don de la palabra es utilizado para nobles fines, la persona puede hacer mucho bien porque se constituye en líder positivo que va delante del pueblo, señalándole el camino que lo conduce hacia la reivindicación de sus derechos, hacia el progreso, hacia el desarrollo integral, sostenible y sustentable. Mahatma Gandhi fue capaz de conducir al pueblo de La India hacia su liberación del imperio inglés, desde la no violencia. Al contrario, cuando el don de la palabra es utilizado con fines egoístas, mezquinos y protervos, la persona termina haciendo mucho daño, porque se constituye en líder negativo, que va delante del pueblo señalándole el camino que lo conduce hacia el abismo y la destrucción. Adolfo Hitler fue capaz de manipular al inteligente pueblo alemán y llevarlo a la abominable II guerra mundial.

En ambos casos el líder que tiene el don de la palabra, genera un ilusionismo mental en sus seguidores, una manipulación implícita o explícita que los empuja a hacer o dejar de hacer algo, sin mayor discernimiento, persuadidos por el poder encantador de la palabra, por ese ilusionismo mágico que los infantiliza y les hace creer en cuentos de hadas. Está bien que un líder conduzca a sus liderados hacia el sueño de un mundo mejor, pero esos sueños deben estar circunscritos dentro de lo posible, enmarcados dentro de lo que es factible de alcanzar; caso contrario se convierte en un demagogo, en un prestidigitador del lenguaje, en una agente vendedora de ilusiones, en un arquitecto de castillos en el aire, en un satisfactor de lo que la gente quiere escuchar.

La manipulación por lo general tiene fines de dominación, busca tomar el control del pensamiento y la voluntad de las personas, para someterlas a un patrón de conducta. Por ejemplo, una pauta publicitaria es manipuladora por naturaleza, tiene el objetivo de dominar nuestra mente y mover nuestra voluntad, hasta llevarnos a comprar un producto o un servicio, aunque no lo necesitemos, convirtiéndonos en clientes dóciles y sumisos. Los medios de comunicación pueden convertirse en manipuladores de la conciencia ciudadana. En política, la manipulación ideológica es un adoctrinamiento peligroso que puede degenerar en domesticación de las personas, convirtiéndolas en serviles, incapaces de pensar por sí mismas, seguidoras sumisas de un líder, aunque los lleve por finalmente a un “comportamiento ovejuno”, como lo ha dicho el Señor Presidente. La ecuación política es: Pueblo dominado, pueblo intimidado y sometido a la voluntad de sus gobernantes.   

¿Cómo evitar ser manipulados y llevados hacia el ilusionismo mental? Protegiendo nuestros esquemas mentales, procedimentales y actitudinales con la coraza de nuestro pensamiento lógico, crítico y creativo; filtrando la información, procesándola, discerniendo entre la verdad y la mentira y asumiendo solo aquello que es creíble, que es obvio, que es lógico, ético e indiscutible.(O).

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