09 / 12 / 2018

Archivo Loja, Ecuador

Responsabilidades y competencias

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Cuando una persona toma la decisión de participar como candidato a alguna dignidad de elección popular, se sobreentiende que lo hace porque se siente capaz de asumir los retos que los otros no los asumieron y porque conoce muy bien qué es lo que tiene que hacer, cuáles son sus competencias, cómo lo va hacer, con qué medios, qué gestiones tiene que realizar, cómo se va a financiar y en qué tiempo va a cumplir su propuesta de campaña. De manera que no es cuestión de ganar las elecciones y después sentirse incompetente para enfrentar lo que tiene que enfrentar con entereza y responsabilidad.

Lo peor que le puede pasar a alguien que gana una dignidad de elección popular, es no asumir con responsabilidad el cargo para el que fue electo, desentenderse de sus competencias, quejarse de todo, no hacer nada, desviar el verdadero sentido de las instituciones, caotizarlas y dedicarse a la ingrata tarea de pasarse el tiempo en ver la manera de cómo obstaculizar el trabajo de los demás o de cumplir la nefasta consigna de ver la forma cómo tumbarlo al contrincante a través de engaños a la gente y de organizar “marchas populares” con recursos de las propias instituciones o a través de fuertes financiamientos de sectores económicamente poderosos, de ONGs y otras corporaciones internacionales. Precisamente a estos personajes histriónicos que gustan mucho del circo politiquero, los ciudadanos los conoce con el nombre de atrasapueblos. Aquí es cuando entra en juego la honestidad política, porque la honestidad es una forma de actuar en concordancia entre lo que se piensa y las conductas prácticas que garantizan confianza, seguridad, respaldo, integridad. Una política seria, de altura, de principios, siempre propone, no destruye; lidera grandes proyectos, no resentimientos; aprecia y valora lo bueno y corrige lo malo. Actuar con decencia significa no poner pretextos ni mentir para encubrir responsabilidades. Ser fiel a las promesas y compromisos. Hablar siempre la verdad. No caer en ligerezas, difamaciones y tergiversaciones. Si se quiere actuar con honestidad política, hay que empezar por reconocer las iniciativas, los esfuerzos, el trabajo y los resultados de los demás y enfrentar con valor los defectos propios para superarlos con acciones positivas. El político de firmes convicciones tiene sentido de la dureza de los desafíos y también de las derrotas, y por eso no le asustan las mismas, más bien, lo fortalecen; y, además, sabe distinguir muy bien entre lo malo que observa y lo mejor que imagina. Un buen líder político jamás se arrincona a ver pasar gratuitamente el tiempo, ni está esperando que le digan qué hacer y cómo hacer. Sabe tomar decisiones con urgencia, firmeza y sabiduría. Estos son los auténticos catalizadores de las aspiraciones y de las preocupaciones de los pueblos.

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