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La redundancia no vale en ningún caso

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"Valga la redundancia" es una exclamación que con frecuencia pronuncian los locutores en nuestro medio, desde hace unos 15 años, plagiando lo que uno del Guayas en su supuesta astucia espetó como justificación, rindiéndose a su orgullo que le aconsejaba no pasar por la humillación de pedir perdón.

Luego no tienen palabras para resaltar que en Loja se habla el mejor castellano, que Loja es una ciudad "doblemente universitaria" y otras frases dulzonas que a algunos los inflan de orgullo.

No se trata de un gazapo aislado, sino que desgraciadamente podemos constatar que al pobre castellano se lo hace pedazos en cada intervención, sin el más mínimo remordimiento, porque se recibió una "educación" que no acostumbra exigir el rigor científico para emitir criterios, una educación latosa, dogmática, en la que se dicen infinidad de cosas sin fundamento, prescindiendo de aportar las pruebas válidas.

Ah! ¡Esa educación que de niños nos presentó como hecho histórico y nos hizo creer en el cuento del "héroe niño", que cargaba el fusil con la boca porque sus brazos estaban destrozados por las balas enemigas! Que nos hizo creer en tantos otros mitos y generó la "conciencia mágica" de que hablaba Paulo Freire, cuya línea de argumentación estoy siguiendo para hacer este comentario.

La Universidad recibe bachilleres con conciencia mágica y pésima ortografía, que sus carreras de periodismo o ciencias de la comunicación no avanzan a componer, a corregir, es así que la universidad entrega a la sociedad profesionales sin la debida pericia. Por supuesto, con tales antecedentes, esos comunicadores son los más furibundos enemigos de las evaluaciones y de la Ley Orgánica de Comunicación. (O).

 

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