25 / 09 / 2018

Archivo Loja, Ecuador

¿Desencanto democrático?

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Ciertos individuos se auto proclamaron notables de la verdad, elevaron la voz y alzaron banderas en las calles. Puerta adentro fraguaron la unidad del membrete y cuando salieron casi victoriosos por su hazaña, se encontraron con tribunas sin asidero y con tribunos cuyo oxígeno eran los infructuosos asuntos dinerarios.

Los notables ocupaban las portadas y aparecían como una masa sólida, fuerte, inquebrantable. Subían juntos al escenario y no solo sus manos, sino también sus voces denotaban unidad por la libertad. Penetraron entonces con su verbo hasta que con falacias enardecieron la polis y la convencieron que era imprescindible deponer al gobernante para que a partir de entonces gobernara el auténtico pueblo. Cada ciudadano opinaba con mucha facilidad y daba directrices de cómo gobernar adecuadamente. Todos eran expertos en uno y otro asunto, sobre todo en administrar con medidas que no afecten a nadie. Gobernaremos en comunión, dijeron. Enseguida aplaudieron y en la plaza central colocaron una placa que decía: “Desde hoy inicia el proceso para que el pueblo gobierne en comunión. Hay que deponer del poder a quien hoy lo ejerce”. Pocos advertían el engaño.

El proceso inició y conforme tomó forma, los notables aparecieron como redentores. El pueblo solo se alimentaba de lo que ellos proclamaban; y respecto de las decisiones que tomaban, el pueblo hacía mutis por el foro.

Entonces depusieron a quien los gobernaba. Mientras el pueblo se alistaba para gobernar en comunión, los tribunos del dinero informaban que se había diluido la unidad de los notables y que ahora el uno lanzaba agravios en contra del otro. Todos querían gobernar. Había un gobernante transitorio. Después los magistrados, citando códigos y enciclopedias impusieron otro gobernante, que renunció para opcionarse a la misma dignidad. Asumió un gobernante encargado. El pueblo creía estar listo para gobernar, pero no sabía cómo hacerlo. Mientras tanto, la pugna por el poder se ventilaba como círculo vicioso en periódicos, juzgados e instituciones “competentes”.

El pueblo, aturdido, desconoció al gobernante encargado. Cuando ese mismo pueblo se dispuso a gobernar en comunión, se percató que ninguno de los habitantes podía dedicarse todo el tiempo a tomar decisiones y a preocuparse por la cantidad de problemas de la polis, cuya magnitud jamás la imaginaron. Se percató que era imposible tomar una resolución sin que existan discrepancias y que un conglomerado humano tan grande y heterogéneo no puede autorregularse. Se percató que no bastaba el coraje para gobernar, sino que se necesitaba capacidad y buena representación. Se percató que ninguno sabía tanto de una cosa como parecía, y que es muy distinto decir que hacer. Se percató que la ingratitud era tan amarga como la hiel; que el concepto de polis estaba mal concebido…

Mientras se avizoraba la trifulca y el colapso moral, recién la polis despertó, ciertamente desencantada, de lo que había hecho bajo la consigna de la democracia.(O).

Modificado por última vez en Agosto 07 2018
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