23 / 09 / 2018

Archivo Loja, Ecuador

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En el escenario político se presentan a través de los discursos propuestas de cambio, todo en función del bien colectivo. Con las alternativas planteadas, da la impresión que los dirigentes políticos tienen la fórmula perfecta para encontrar solución a todos los problemas.

Cierto día, una candidata se reunió con un grupo de moradores de un barrio de la ciudad y les dijo que en ella siempre encontrarán un sí para satisfacer las necesidades, aseguró que está alejada de la palabra no.

Con esta declaración optimista se presenta la idea que los contratiempos son espejismos creados por el colectivo y estos desaparecerían con tan solo rayar la papeleta donde se encuentre su casillero.

Esta es una de las tantas expresiones demagógicas  distantes de enfrentar la realidad positiva y negativa en la interacción social.

A la acción demagógica de los dirigentes se le suma la carencia de unidad entre los candidatos que conforman una misma lista y aparentemente manejaban unánime la buena intención de transformar el mundo.

Cuando llegan al poder pierden el sentido de servicio y empiezan a pelearse entre compadres porque surge la pugna por el reparto.

Estos tristes acontecimientos suceden entre las altas esferas políticas hasta las organizaciones sociales que plantean defenderse del engaño del sistema político y terminan igual o quizá peor que la acción política que tanto cuestionaban.

Los problemas nacen y crecen bajo la raíz común de la ambición.

Cuando un dirigente tiene cierta aceptación o conquistó el relativo éxito en su administración, asoma el adversario e intenta convencer a los potenciales electores que todo está mal, recomienda la fiscalización, la veeduría, las auditorías y más esquemas de la incesante búsqueda de los presuntos actos de corrupción.

Todos estos hechos surgen para distraer a la multitud de la ineficacia que presentan porque pretenden auditar a su antecesor en medio de la pelea entre coidearios que no encuentran la fórmula del reparto y acomodo.

De esta forma la colectividad que les dio el triunfo a través de las urnas es la última en acceder a beneficios, más bien apenas alcanza migajas de la gestión que de casualidad y cuando les convienen se refieren a la inclusión social.

Cuando se presenten candidatos hay que preguntarles con qué intenciones pretenden alcanzar el favor del voto; mientras buscan votos quiénes trabajan por ellos; de qué viven, quiénes financian sus campañas; cuando terminen las elecciones quién limpiará las paredes que pintarrajearon y quién recogerá el basurero en que convierten a las ciudades con sus pancartas, hojas volantes, calendarios y demás caducas formas de hacer propaganda.

En definitiva es preciso investigar la integridad del proponente para disminuir al menos en parte los desaciertos que se dan en todas las instancias políticas.(O).

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