14 / 11 / 2018

Archivo Loja, Ecuador

El salto al crecimiento del horneo

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¿Quién no conoce al hornero? Famoso por ser el pájaro constructor de su nido de barro, justamente derivó su nombre por esa casa tan parecida al horno de leña que hace el humano, y que el hornero construye como refugio y protección para sus pichones. 

La mecánica de construcción es sencilla, el hornero hace la  mezcla de barro con hierba, y la acarrea en su pico, levantando así, las paredes de su búnker,  sin embargo, su casa-nido, es tan extraordinario, que se diferencia del resto de aves, pues la casita de barro es firme, segura, bien diseñada, una utopía levantada sobre el sueño de pájaro,  algo así como  un castillo hecho con algún tipo de técnica arquitectónica, con inteligencia de otra dimensión, sí, dimensión seguramente del vuelo de un ave con filosofía propia.

Como para dar el ejemplo, el hornero acostumbra a hacer la casa y el hogar allí en el interior de ese tibio búnker. Allí se colocan los nidos los que son anidados por turno repartido entre  la pareja de horneros.  Así los pichones crecen protegidos, los padres se encargan de alimentarlos y de asear la casa, cuidando que no sea invadida por intrusos.

Desde que el hombre vino al mundo, el hornero se encuentra construyendo, y ha sido ejemplo vivo, solo así el humano, logró hacer sus casas de adobe, tan seguras y firmes, tan sólidas y con esa tibieza de hogar que el hornero enseña.

 Esta ave, que ha resultado tan familiar para el humano, tiene voz fuerte, y una filosofía imponente, no es ajeno recordar  que cuando el tiempo ha cumplido la cuota de crecimiento, los hijos del hornero, deben abandonar el nido, dar el salto al crecimiento, y arrojarse al vacío sin experiencia previa.

Aunque el temblor de pájaro (que no emprende vuelo) es crucial, uno de los padres, los levanta desde el cuello y en pleno vuelo, los sueltan, así, por instinto  vuelan, realizan su esencia.

Este salto a la dimensión del vuelo, un comienzo, una nueva etapa y experimentar la vida, es parte del crecimiento, los humanos, también lo experimentamos, pero, en ocasiones, los padres humanos somos menos pensantes, más primarios que los horneros, impidiendo ese salto de crecimiento y así hay generaciones de humanos que no han realizado nunca el sueño.

Los horneros corren muchos riesgos, entre estos, la pérdida de su hábitat y a otras amenazas por el desarrollo  de las urbes, pero, no están en peligro de extinción; otras especies no gozan de ese privilegio; quizá los humanos, deberíamos aprender más de los horneros. (O).

 

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