15 / 10 / 2018

Archivo Loja, Ecuador

Guayunga y vida

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Mirando unas guayungas pendientes de un alambre-cordel  en una casa de campo, he pensado: así como la guayunga, que prepara al choclo a una madurez segura, pues al amarrarlo con todas sus hojas y colocarlo  a secar, por largo tiempo pendiente de un cordel para colgar, el tierno grano se vuelve duro, así es la maduración del humano, el tiempo tiene sus efectos, y al final del crecimiento, llega la madurez posible.

¿Cuántas veces hemos visto las guayungas y no reparamos en estas?, sin embargo, en sus mazorcas se albergan grandes granos de maíz y razón; semillas individuales que se criaron en la espiga y maduraron la espera, hasta convertirse al estado deseado, un estado en el cual son más útiles que cuando eran tiernos y débiles.

Así mismo los humanos, cuando tiernos, estamos sometidos a procesos de aprendizaje y crecimiento, períodos de entrenamiento, adiestramiento, en escuelas formales e informales de la vida, hasta que maduramos; después de eso, con el grano más duro, nos volvemos más útiles, serviciales, humanos.

La guayunga es sabia, alberga lo granos mientras estos requieren el proceso de secado o madurado, luego cuando están listos, la mazorca afloja, y los granos caen, dejando su espacio-casa vacío, pues es hora de ser transformados. Si el grano es semilla, cae en la tierra y vuelve a germinar repitiéndose el ciclo de la vida.  Si por el contrario el grano es utilizado por la mano humana, su existencia es alterada, convirtiéndose en alimento y pasa a ser parte de otro ser vivo.

En la vida humana ocurre lo propio, el tierno ser, empieza en la concepción y llega al mundo a través del nacimiento, desde tal acontecimiento hace maduración, y cuando está listo, la vida lo expone a circunstancias de transformación, crece aún más, hasta realizarse: sirviendo, amando, existiendo con propósito.

Finalmente, llega el momento culmen y el ser humano cual grano de maíz, desciende a la tierra, dejando el espacio-hogar vacío, y su cuerpo se vuelve semilla. Desde allí no germinará como la hierba, tampoco como flor, pero, su espíritu, será parte de la belleza de la naturaleza, del verdor, de la fragancia de todo lo floral, del viento y sol, quizá del celeste del firmamento. Su destino es estar en todo lo que existe, hasta que se repita el ciclo.

Así, guayunga y vida son procesos muy parecidos, procesos de transformación, que nos enseñan la gran sabiduría que nos rige, que está presente de muchas formas, para cumplir con los ciclos de la vida y así aprendemos que nuestra razón es: ser como la semilla. (O).

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