07 / 12 / 2019

Archivo Loja, Ecuador

“Cromos del mediodía” de José  Joaquín  Palacios

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 Alfredo Jaramillo Andrade  Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

 Es un poemario escrito y dedicado a Ezequiel Valdivieso, por José Joaquín Palacios, para despertar la inquietud de lectores y amigos. Pues, aquella reliquia, publicada en Loja, permanece intacta desde el 2 de febrero de 1949.

El ilustre poeta nuestro, emergido hacia la gloria de una brillante perduración ecuménica, rinde con ello su homenaje de amistad y transpiración estética en el arte pictórico y en su condición de docente del Colegio Nacional “Bernardo Valdivieso”: desde hace 70 años transcurridos a esta época. Se trata, sin lugar a dudas, de un joya literaria no incorporada al entusiasmo estudiantil actual; ni a la sensibilidad institucional genérica, guardiana de nuestra ascendente y fervorosa fortuna  patronímica.

Varias señales de impresión constituyen las ilustraciones gráficas del autor y las xilografías del Dr. Julio C. Ojeda y José María Castro; quienes dan a conocer plenamente, de manera gráfica, las características del libro; el cual irrumpe con el poema “Excelsitud”, (leyendo a José Joaquín Palacios) bajo la responsabilidad de Pedro Víctor Falconí en IX-VIII-MCMXLV.

 Según el Liminar respectivo, vibra la justificación acrisolada del eminente crítico y locuaz escritor de continental mérito en el ámbito de las letras ecuatorianas, tantas veces nombrado y reconocido: el doctor Carlos Manuel Espinosa, quien, en 1946 enriquece el legado que hoy nos proponemos poner a consideración vuestra, a fin de valorar en su verdadera dimensión y grandiosidad de espíritu: cuánto exige y justifica el reconocimiento institucional de aquellos maestros en el ámbito  de la consonancia lírica.

 Por maléfica ventura y tal vez exagerada incomprensión, se han escapado  hombres y mujeres, cuyo acentuado esfuerzo merecen más que aplausos perentorios, el bronce perenne de una Matria digna. “Conmueve saber que en medio de la tormenta que ruge en torno, hay hombres como Palacios que cuidan su predio interior con recoleta parsimonia, hasta lograr que retoñen en pomas henchidas los tallos de raíces inexhaustas…”; tal como nos advierte el doctor Carlos Manuel Espinosa, con emoción profunda, autoridad transparente y conocimiento estricto de la verdad y la belleza histórica.

 Repongamos por ahora lo que concierne a nuestras vivencias estudiantiles. José Joaquín Palacios, por muy pocos conocido, reverenció el arte en su magnificencia de educador y artista fecundo traído al seno de la provincia de Loja, para engendrar rasgos de sabiduría sustantiva ¡única!

      Lo encontramos -literalmente hablando-  a pampa traviesa; día tras día, minuto tras minuto, horas de placer, días de dolor, contemplando la inmensidad del paisaje serraniego y respirando profundamente un entorno difícil,  para captarlo en lágrimas diamantinas de apasionada floración primaveral y estética.

      Lápiz en mano, lentes suyos infranqueables en el medio ambiente, donde las aves de  variada especie, multiplican su franquicia volandera y las esencias florales enlazan, maravillosamente, estambres y corolas; para convertir en belleza la misteriosa forma de la existencia, cuánto que proclamar el tesoro de la sabiduría.

      La poesía suele despertar pronto el itinerario del placer, donde quiera que haya un sustento decoroso de colores, fórmulas ardientes de erotismo campestre, sacudimientos  profanos y demostraciones naturales agudas, en cada movimiento vital; en cada coyuntura que nos acerca a la creación diva y al portento de consolidar la gracia irrecusable del relente amanecido.

      Recuerdos de la niñez y juventud nuestra, nos lo reviven a José Joaquín Palacios, humilde y sorprendente, elegante o esmerado en su presencia física de educador; saboreando incógnitas y fortaleciendo rasgos de vibrante armonía; dimensionando en clase del dibujo técnico nuestra presencia escandalosa de pérfida rutina.

      José Joaquín Palacios nos era familiar en el denuedo. Su  experiencia multiplicada hacia la vastedad de los sentidos, fue genial. Era un semidiós desapercibido que vigorizaba los trazos, sus tintas y pinceles para ofrendar lo digno. Era un hallazgo de brotes cristalinos en el campo y bajo el sol del crepúsculo. Pues, captaba por igual del horizonte y las entrañas de su propio pesar, el tornasolado de los colibríes y las despedidas ágiles  de las inquietas golondrinas.

Era José Joaquín Palacios, un eminente señor, soñando bajo los árboles y los grandes dispendios naturales que nos obsequiaba la campiña; un filósofo entrado en años, sin embargo: forcejeando esperanzas y fortaleciendo sonidos; un curioso leal que deambulaba enriquecido de humanidad altiva y activa por los senderos, a orillas de los troncos rústicos o paisajes azulados, cual determinante esporádica del placer, el dolor y la esperanza, en  el verde agua  de una naciente felicidad condigna.

      Escuchemos el primer despliegue de tal exuberante concepción poética, al trasluz de su resurgente y admirable lámpara votiva:

 

Acuarelas de invierno

 

¡Oh! los días de invierno tan brumosos y oscuros.

Tamborilea la lluvia su trémulo en los muros

y en las gárgolas deja pupilas dolorosas…

 

El agua corre y llora… No tiene una sonrisa

de luz ceñudo el cielo, ni sus cantos la brisa.

 

Un engarce de lágrimas cubre todas las cosas…

 

Del norte loco el viento arranca las glicinas,

la alondra no hila mieles de amor en las colinas,

ni el sol tenebrecido sus ópalos da al orto.

 

¡En la paz quejumbrosa de las amplias dehesas

saturado de vientos cargados de tristezas

invierno ha llegado y llora ante el paisaje, absorto!

 

Y en todos los arriates ya han caído las flores,

pálidos y enfermitos sus cálices de amores,

que el viejo invierno entierra con hojas, musgo y pena.

Del bosque, tal un treno que viniera de lejos,

doscientas primaveras lloran los troncos  viejos.

 

¡De súbito un vislumbre rasga el paisaje: truena!

 

Y el agua corre y llora… ¿Por qué se me aniquila bajo la lluvia el alma en la intranquila

desolación de este paisaje torturado  y austero?

 

Tal vez en mi pupila soñadora el poniente

dejó dentro de mi alma la belleza doliente

torturadora y trágica de las tardes de enero.

 

¡El cielo está de herrumbre de plomo! Cuán distante aquél otro horizonte de límpido diamante que regalarme supo sus oros en las eras.

¡Oh alma! yo quisiera en medio la tormenta

perderme entre la cólera que el huracán avienta con todos los ensueños y todas tus quimeras.

 

Con mi tiorba de bronce lanzarte hacia ese cielo

con la pupila roja cual un águila en vuelo

terrible de bellezas contra la inmensidad.

 

Y saber que en los astros y entre blancas estrellas sabrás decir tus himnos de pie junto a las bellas inconocidas ánimas, sobre la eternidad.

 

O perderte en la hora victoriosa y funesta

de la carne o en el rubio champaña de una fiesta.

O siendo tú el lucero de un cielo florecido

llevarte yo a la frente de una novia que fuera

como una reina ignota donde está primavera

bajo el oro leonado de un ocaso encendido.

 

El  viento abre el paisaje… Y qué enorme tristeza va cubriendo los páramos que en su agria belleza muy bien llenara mi ánima de esa hermosura inerte.

Alondras de crepúsculo –mis sueños- han partido.

 

Tras los vitrales húmedos el viento es un gemido que espera a mis ensueños caminando a la muerte.

 

¡Oh! el dolor del paisaje, de la Vida y ser nada…

Saber que nada es cierto: si la noche estrellada

es día en los espacios o es la sombra sin fin.

Y sentir sin embargo de mortal desaliento

en el alma y las médulas el pianísimo acento

de una musa noctívaga de lunado jardín.

 

Pongamos en el entorno silente de “Cromos del mediodía”, las páginas leídas, en posición normal para meditar el profundo significado audible de su lira. Y, agreguemos voluntariosamente algo más, que guarde concordancia y agilice el pensamiento del autor, para llegar a los recónditos secretos creacionales de un espíritu benigno.    

 

Siempre tuvo la razón el doctor Carlos Manuel Espinosa (apóstol de la idea), a quien Loja adeuda la inmortalidad como hijo descendiente de esta noble provincia:

      “Nada es tan ineficaz como abordar una obra de arte con las palabras de la crítica, -dice Rainer María Rilque en sus ‘Cartas a un joven poeta’. Y le aconseja luego que lea lo menos posible cosas de crítica estética, porque ‘o son opiniones de escuela, petrificadas o escurridas de sentido por un endurecimiento ya sin vida, o hábiles juegos de palabras en los que hoy prevalece esta opinión y mañana la opuesta. Las obras de arte son de una infinita soledad y por nada tampoco abordables como por la crítica. Solamente el amor puede comprenderlas y tratarlas y ser justo con ellas”

 

¡Ah! la palabra de los posesionados y conmovedores amigos.  ¡Gracias a la vida!

      Tenemos, para nuestro haber, estelares pensamientos que repetir, con el proficuo fuego del idioma castizo. Lo podemos comprobar en el poema “Óleos marinos” (dedicado a mi hermano inolvidable, Lic. Alberto Palacios L.), cuyo contenido merece recordar plácidamente, como aquel que entristece hasta lo medular por su amargo contenido:

 

 

Va una nave –latina- lentamente

de un muelle gris entrando al océano,

mientras dardeante el sol hunde lejano

tras la curva del mar su disco ardiente.

¡Oh! ese un dolorido adiós. ¡Prora al oriente

grita viril el capitán anciano,

mira el puerto esfumarse y con la mano

el héroe oprime al corazón doliente.

 

Y cuando azul la distancia todo borra

de popa un marinero alza la gorra

y manda un beso de amor hacia sus lares…

Mientras en el muelle gris con gran tristeza

cae en el agua un llanto que no cesa

de aumentar la amargura de los mares.

El sol, caído en el mar y vacilante.

Apenas queda en la tarte, todavía,

un sollozo de amor que suspirante

tiembla, como el náufrago sol en agonía.

Ya no se ve la nave en la sombría

e imprecisa extensión del mar distante.

¿A dónde el marinero fue, a Cristianía,

al tropical Beyrut rosa y fragante?

Más, en cien crepúsculos de espera

llega una nave al fin de mar afuera

pero no vuelve el dulce prometido…

Y allá, en el muelle gris de tablas rotas,

bajo un ambiguo vuelo de gaviotas,

aguarda una mujer sobre el olvido.

 

(Dispensado el atrevimiento de opinión: ¡precioso!.- 100/100 exquisito). ¡He aquí la oportunidad de repetirlo, hasta la extenuación!

 

¡Sigamos proyectando nuevos intentos en la atmósfera trascendente, sin embargo cautiva!

      Quienes nos enorgullecemos de haber escuchado su voz y virtualizado su alma su amor por el arte cognitivo, a pesar de las nefastas  o viles actitudes de la vulgaridad intrascendente: tendríamos la esperanza de remitirnos al ejemplo de un profesional amigo de la equidad y del tratamiento correcto que indujo, puertas abiertas y sin gazmoñería, a la correcta profesionalización de sus pupilos.

      Generoso en el trato disciplinario. Exigente en el trabajo investigativo. En su memoria, alguien ha dicho: “yo soy arquitecto y ejerzo la arquitectura; pues, créanlo o no: todo lo que me enseñara don José Joaquín Palacios en materia de Dibujo y Perspectiva es lo que me sirve para ganarme honestamente el pan de cada día”.

      El mejor tributo de gratitud no resulta escaso para el corazón que lo siguió en su creación poética exquisita. De José Joaquín Palacios tenemos los recuerdos puntuales de quien incorporó lo valores intrínsecos; forjadores de un temple vigoroso: que no escaparán ¡jamás! en la valencia cimera de su estirpe.(O).

 

 

 

 

 

 

 

Modificado por última vez en Noviembre 07 2019
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