27 / 05 / 2020

Archivo Loja, Ecuador

El efecto neuro-cardiológico de la empatía comunicativa

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Si queremos que nuestra comunicación sea escuchada, es decir valorada, tenemos que comunicarnos con la cabeza y con el corazón: la razón por sí sola no basta por más que la inteligencia mental funcione adecuadamente.

No solo es la razón la que nos instruye cuando organizamos nuestro pensamiento para comunicarnos. Si queremos que el diálogo funcione  humanísticamente, hay que dejar que intervenga el corazón; pues, no somos objetos puramente materializados, sino sujetos espiritualizados en acción y con diversidad de estados subjetivos: sentimientos, emociones, imaginación, creatividad, deseos, fantasías y, por ende, profundamente sensibles para dejarnos llevar por la pluralidad de significados interiores que reposan y actúan, según las circunstancias exteriores, como lo más excelso que tiene nuestra inteligencia espiritual.

Si bien es cierto que la razón es uno de los componentes humanos más significativos para conocer y analizar el mundo; sin embargo, la razón necesita del corazón para actuar humanamente, y no con la frialdad e indiferencia con la que a veces se actúa irresponsable e irrespetuosamente. Por algo decía el humanista francés Pascal que “El corazón tiene sus razones que la razón no conoce”. Y el ser humano debe ser consciente de esta realidad interior para que no se deje llevar por los meros impulsos ni por lo que su razón le dictamine de un momento a otro sin una reflexión adecuada. Es necesario que lo esencial sea encaminado con la mejor expresión de lo humano: la cabeza y el corazón.

Ya lo dijo, también, el escritor francés Saint-Exùpery en su obra maestra de literatura infantino-filosófica El Principito: “No se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”. Eso mismo podemos decir de la razón: que lo esencial solo se hace con los ojos del corazón. El corazón es una hermosa ventana que sirve para iluminar nuestra realidad interior. Por eso, cuando dialogamos, no es tanto el fluir del pensamiento para que las palabras emerjan desde la cabeza, sino que es el corazón el que les da el condumio para que tengan vida en quien las emite y en quien las recibe.

Por ejemplo, cuando tenemos desinterés para conversar, es el corazón el que, metafóricamente, está fallando. Lo humano, en este caso, no aflora adecuadamente y la comunicación va muriendo paulatinamente. Lo mismo sucede cuando uno siente no ser nadie ante alguien que está hablando, o cuando el otro siente que a quien se dirige es un don nadie para él.

De ahí que, las mejores palabras son las que son asumidas desde el efecto “neuro-cardiológico” de la empatía comunicativa; por eso las palabras del amor, de la bondad, del respeto, de la consideración, de la poesía, de la sabiduría, de la oración, nos llegan tan hondamente que nos hacen vivir y valorar lo vivido, y nos comprometen tan sentidamente desde la luz de la empatía que es la que evidencia, en los mejores términos, el contacto comunicativo con los demás.(O).

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