03 / 04 / 2020

Archivo Loja, Ecuador

La Navidad como signo de encuentro

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El poeta venezolano José Gregorio González sostiene que “La navidad es una época de reencuentro. El nacimiento del Niño Dios es un acontecimiento que celebra la cristiandad entre cantos y rezos; entre cuentos y poemas. Tras dos mil años de historia, la memoria colectiva nos hereda no solo la celebración religiosa sino tantos ritos que nos acercan al mensaje del Salvador: “Paz a los hombres de buena voluntad” (2019).

En efecto, son tantos los rituales que el mundo cristiano lleva a cabo en la Navidad que cualquier actividad que implique un auténtico encuentro axiológico, es un signo evidente de un alto significado de buena voluntad no solo para el cultivo de la armonía más sentida humanamente y de divina majestuosidad hacia la marcada inspiración que engendran los días de júbilo navideño, sino una manera, y quizá la más elocuente, para avanzar en el desarrollo de nuestro crecimiento interior, tan venido a menos en esta sociedad averiada por el consumo desmedido, por la algazara trivial y la mutilación de una relación pensante y de encuentro personal que nos haga conscientes del modo en que estamos presentes en la Navidad de nuestra existencia.

Que sepamos reconocer que nuestros criterios valorativos nos pueden servir para aprender a encontrarnos con esa presencia divina que sabe ahuyentar lo malsano, y así poder entrar en sintonía con el prójimo cuando a través de nuestra actitud correcta logramos entrar en armonía para la compartencia de lo noble y del fruto de la sabiduría que sí es posible brindar cuando estamos preparados para el logro de lo humano. 

Y cuando el ser humano se comporta así, la Navidad que vive es perenne; pues, en cada día hay cabida para la convivencia armónica, según el siguiente pensamiento de autor anónimo recogido por Colombero (1994): “Tu silencio es suave, tu hablar oportuno (a propósito), tu oración secreta; la conciencia de lo que vales, muy real; tus modales son humildes; tu alegría, controlada; tu deseo, el de jugar amablemente con un niño”,  o como un niño que inmediatamente entra en la armonía del encuentro lúdico y de la alianza  afectivo-corporal más refinada para ofrecernos la mejor de sí, su hospitalidad, su correspondencia y su acercamiento para el encuentro profundo, jovial, sincero.

La Navidad, por lo tanto, al estilo del niño Jesús, que crece como ente humano-divino y en el contexto de la palabra y de la escucha de su Padre Celestial: el Dios-Hombre que habla y el ser humano común que, altivo, escucha esa palabra humano-divina desde un acto de meditación y de reflexión pensante y permanente para que nuestra capacidad de interiorización no esté ausente, y para que el silencio del alma no se deje apabullar por el ruido de lo vacuo que a veces resuena sin son ni ton. Solo un auténtico contacto de encuentro, de sentido y de presencia humana sensible y autocrítica le darán el valor que la palabra y la escucha se merecen en esta y en todas las navidades de la vida diaria.(O).

 

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