06 / 04 / 2020

Archivo Loja, Ecuador

En los andenes de los años

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Los años nos enseñan que nada es para siempre, que todo pasa y que el sendero por construir nos espera con nuevas herramientas. Si en ese construir cometemos errores, ¡qué importa¡ Lo preocupante, más bien, es una vida dedicada a no hacer nada. La vida es una dialéctica de causas y efectos. Nada pasa en este mundo sin que haya una razón de ser. Los tropiezos y las caídas no son en vano… nos enseñan a levantarnos.

Con los años se logra entender el valor de la vida y del tiempo y… si has perdido el tiempo, serás impalpable ante la vehemencia juvenil. Con los años se entiende que no podemos ser perfectos, que así como acertamos también nos equivocamos y que nos cuesta mucho ir al paso de las expectativas. Hay que regresar a ver con encanto el camino andado porque ahí se encuentra el joven que fuimos. Si respetamos los años pasados podremos contemplar los años que nos quedan.

Hay un tiempo para la siembra y otro para la cosecha. No hay que esconder la edad, ni las canas ni las arrugas, porque son los tatuajes  que el tiempo va dejando en tu piel. Toda edad tiene su encanto. Mientras más pasan los años más añejo es el sabor de la vida y el problema no está en que los años pasen sino en sentarse a ver pasar el tiempo. Lo más triste es verse obligado a “descontarle a los años cumplidos, los años perdidos”. La procesión de los años no transita entre rosas. Es la regia pupila y el sudor del caminante lo que nos da horizonte de vida y nos da el privilegio de  sentir el vivificante roce de sus espléndidas promesas. Hay que saber pasar el último tramo de la vertiginosa travesía que nos toca vivir, absueltos  de  odios, rencores, resentimientos y amarguras, porque llevar esa pesada carga y no soltarla, es escribir con su propia mano y en  su propio epitafio, esta dolorosa  sentencia: el odio y la amargura han sido mi propia mortaja.  

Hay que ser gratos con la vida y saber decir: “…a la vid agradezco el vino, a mi mujer el amor y a esta vida que elegí, todo lo demás, incluidos mis amigos. La vida debe ser sensible percepción, visión aguda, pasión razonada en las cenizas, piel ardida, agua que escapa entre los dedos para la resurrección de los sueños” (Anónimo).  Mi gratitud eterna a todos aquellos que tienen la bondad de escuchar y leer nuestros comentarios y que nos han seguido a lo largo de cincuenta años en este apasionado oficio. Mi en hora buena a Radio Centinela del Sur y a la Hechicera que ha tenido el prodigio de ir sembrando iluminantes huellas de lojanidad dentro de un meritorio receptáculo para la genuina y portentosa cátedra editorial. Gracias Edgar Fabián Coronel por dar a nuestros escritos calidad sonora y brillantez a los mensajes, tornando a este espacio periodístico en la mejor tribuna para lanzar con fuerza  y sin temores nuestros más caros anhelos.  Gratitud también a Diario Crónica, en cuyas páginas se ha difundido mis pensamientos y mis mejores empeños de ciudadano.(O).

 

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