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Cartas del año nuevo

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Qué se hace con la lluvia del año nuevo, ya nadie escribe cartas, menos de amor. Hoy que llueve mucho, mucho, como si el mundo se fuera en lágrimas, a nadie se le ocurre escribir una carta, de esas que te empuña el corazón y respiras, respiras como para resistirte a sentir lo que nunca sentiste. Año nuevo es un tiempo de reflexión.

Ya nadie escribe cartas, es cierto, pero, cuando la tecnología aún no nos idiotizaba, fue un tiempo del sentir.  Así, cuando la gente emigraba, (valiente el que se fue y el que queda), nos acariciaba el consuelo de escribirnos.

A mí me tocó: aquel que se fue enviaba sus cartas manuscritas con sus alaridos de soledad, sus promesas de pronta presencia y su amor lejano; yo contestaba, pidiendo que vuelva. Cada enero era pretexto para renovar la esperanza y las cartas eran como una biblia, donde la palabra del amado, me sostenía en el vivir, escrutando cada signo escrito, cada pausa; así, hasta que las comunicaciones por internet las reemplazó.   

Ya nadie se acuerda, que eran las cartas un patrimonio nuestro, todos escribían, pobres y ricos, hombres y mujeres, educados y no educados.  En la niñez, me tocó familiarizarme con la muerte, por eso, cuando se fue Lazi (mi amigo de la infancia), mi tío Franco, se inventó que mi perro estaba en el cielo y que lo busque en las nubes; fueron tantos días mirando al cielo y creyendo verlo, llamándolo sin que me oiga, no hubo otro recurso que empezar a escribirle; fueron cartas de ternura.

Así las cartas se convirtieron en una forma de crecer, un ejercicio de sentir.  En la infancia, siempre en Navidad, sin conocer en persona  a Papá Noel, le escribí  con la esperanza de que me amara; en la adolescencia, al amor platónico, en la adultez: a la madre ausente y  ante cualquier problema, una carta siempre fue la mejor solución.

Las cartas han formado parte importante de la vida, Manuelita Sáenz, le escribía cartas al libertador Bolívar, y los grandes hombres de la historia se escribían cartas entre ellos, para pedir favores, para gestionar causas colectivas.

Ya nadie escribe cartas, aunque cuando la vida nos pone al límite, cuando no tenemos más recursos, lo hacemos. Un hombre condenado injustamente, escribe desde la cárcel, una carta desesperada a su abogado, en una hoja de papel de cuaderno a cuadros, con esferográfico azul, le dice: “en el juicio, no tomaron en cuenta, que ella mintió, que todo es mentira, que adaptaron mi actuación profesional a una historia elaborada…”.

Ahora que es año nuevo, revivo el poder de sentir y reflexiono: quizá tenga que acabar todo, terminarse la magia de la tecnología, para que volvamos a ser sensibles y nos humanicemos. Quizá tenga que acabar el hombre y volver la bestia, para  reaprender lo humano.(O).        

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