08 / 04 / 2020

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Las ruinas de Grecia

Columnista Escrito por  Maximiliano Pedranzini Octubre 26 2015 tamaño de la fuente disminuir el tamaño de la fuente aumentar tamaño de la fuente
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Allá por el año 1990, en pleno auge del neoliberalismo y la hegemonía mundial de EE.UU., el notable pianista ruso Evgeny Kissin deslumbró al público británico tocando la Marcha Turca Op. 113 nº 4 de Ludwig Van Beethoven en lo que fue la primera aparición del pianista en los Promenade Concerts, organizados por la BBC en Londres.

Es por lo menos a mi juicio una de las mejores versiones contemporáneas de la clásica pieza del músico alemán que contó con el arreglo del compositor polaco Arthur Rubinstein, sin duda uno de los más excelsos pianistas que ha dado el siglo XX. La Marcha que fue compuesta, originalmente, en 1809, alcanza difusión dos años más tarde, luego de que Beethoven la integrara a la música incidental de la obra teatral “Las ruinas de Atenas”, escrita por su coterráneo August von Kotzebue para su estreno en 1812 y cuya composición lleva el mismo nombre que la mencionada obra.
Al escuchar la interpretación tocada por Kissin al son de la lectura de la crisis en Grecia, me daba la sensación de que tanto Beethoven como Kotzebue la estuvieran componiendo en este preciso momento, al calor de los actuales acontecimientos que transcurren en la cuna de la civilización occidental como un presagio de lo que iba a ser su destino dos siglos después y que paradójicamente nace de la misma tierra que se la está devorando y que de a poco avanza sobre toda Europa. Ahora repasemos un breve fragmento de la obra desarrollada por Beethoven y Kotzebue que señala esta suerte de “profecía griega”:
Pieza 3: Dúo
Un griego
Sufrir la esclavitud, siendo inocente,
es miserable.
Cada día una nueva tristeza
para conseguir el tan anhelado trozo de pan.
Brillante. Tan extraordinario que es irónico pensar que esto fue compuesto por dos alemanes, uno más formidable que el otro. Pero en nuestro devenir el imperio no es el otomano como muestra la obra (por esos años Grecia formaba parte del otrora Imperio Otomano), sino el alemán que está obstinado en ver destruido al pueblo heleno.
Vayamos a lo fundamental: el problema de la crisis europea no es Grecia, sino la injerencia global del capitalismo financiero sobre el viejo continente. Ergo, la historia es el espejo donde se mira precisamente el presente, pero en el que le cuesta reconocerse así mismo; observar las pistas encriptadas que deja en cada reflejo y a los que se debe acudir para entender el derrotero que atraviesan los países sometidos, esencialmente el de sus pueblos. Ayer eran otomanos, hoy son alemanes. Pues la historia -como bien dice Karl Marx- “se produce dos veces: la primera vez como tragedia, la segunda como farsa”, y esto, sin duda, es una farsa.

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