30 / 05 / 2020

Archivo Loja, Ecuador

Galo Guerrero-Jiménez

Galo Guerrero-Jiménez

Permítanme empezar con una cita del periodista Iván Sandoval Carrión, de Diario el Universo, el cual manifiesta que: “Cuando miro una entrevista en la pantalla no me contento con verla y escucharla, intento leerla. Concibo una entrevista como un texto para ‘entrever’ lo no expuesto, leer ‘entrelíneas’, descubrir los ‘entredichos’, palpar los ‘entresijos’ y puntuar lo que se nos ofrece a los sentidos” (2020-05-03).


La pandemia y la lectura

Publicado en Columnista Abril 28 2020 0

Es verdad que hoy no podemos hacer lo que normalmente veníamos realizando antes de esta pandemia que, según parece, no la vamos a desterrar con la facilidad necesaria, si no es con el esfuerzo y la voluntad personal para asumir otro tipo de actividades mientras vivimos confinados. Una de esas actividades, entre tantas y muy saludables, está en la lectura, pero no en la lectura impuesta, sino en la que usted pueda elegir libremente y en orden a los temas que le agraden, y que a veces no siempre coinciden con la profesión o con la ocupación que llevamos a cabo.


Hoy que estamos obligados a estar en casa las 24 horas del día si queremos preservar nuestra salud por el acecho mortal de COVID-19, se efectiviza en lo más hondo de nuestra condición humana “un compromiso fuerte en defensa de lo humano” (Aranguren, 2003), y es quizá cuando el individuo más se encuentra predispuesto para saber lo que son las cosas del mundo físico y las de su mundo interior, es decir, conocerse a sí mismo.


¿Qué proceso educativo estamos recibiendo los seres humanos en esta era digital, en la que creíamos ser los amos y señores de la ciencia, de los grandes negocios y del desarrollo tecnológico globalizado al más alto nivel informático-virtual, y en el que el desarrollo de las competencias en ciertas disciplinas no eran más que suficientes para vivir con la mayor comodidad? ¿Y de pronto, como así, un enemigo invisible, una pandemia, nos tiene de rodillas y pensando, ahora sí, en el prójimo como lo mejor que tenemos para que este planeta adquiera su auténtica dignidad ético-social para que la humanidad comprenda que es la compartencia y no la competencia para adquirir una supuesta formación que no ha hecho más que  desplazar al otro, para que sea mi ego y mi posición social y profesional como las autosuficientes para seguir disfrutando de la vida, sin que me importe la vida de los demás?


En estos días y semanas de tragedia que vive la humanidad es cuando el ser humano, desde su encierro obligado asume una serie de actitudes psico-somáticas y, en muchos casos, con una visión positivista sobre el conflicto que le puede estar lacerando el alma, la emoción y su misma cognición. En estos casos, y desde el silencio más sentido puede darse tiempo para la meditación y, en especial, para reflexionar sobre el valor que la vida humana tiene para relacionarse con sus congéneres desde uno de los vectores más esenciales para su plena realización: la palabra oralizada, escrita, leída o transmitida y recibida desde las diversas herramientas informático-tecnológico-virtuales a través de un texto escrito, una imagen, desde un gesto o desde los diversos signos gráfico-simbólicos que la sociedad ha creado no solo para la comunicación personalizada, familiar, institucional y de aldea, sino desde esa visión planetaria y globalizada que hoy nos hace experimentar el sentido de pertenencia al universo en su unicidad, y sin perder el sentido de singularidad, de autonomía y de fragilidad humana que nos caracteriza para comunicarnos con el mundo exterior.


Hoy más que nunca, frente a la pandemia del coronavirus, le estamos haciendo el quite a la muerte que muy “suelta de huesos” está al acecho para depositar su golpe mortal a


La lectura de un tema bien asimilado nos lleva a un recto silencio, a un recto callar, a un recto hablar, a un adecuado pensar y a una actitud de atención en torno a situaciones personales que como producto del impacto de la lectura nos conmueven en lo más profundo de nuestro caudal de verdad psicológico-socio-cultural y artísticamente asumida, que nos llenan de admiración y de inquietudes emocionales que brotan desde el fondo de nuestra psique dado el poder de penetración humana y revelación que tiene el lector activo para detectar la diversidad de complejidades que posee el espíritu humano.


No es humano vivir indiferentes frente al dolor o sufrimiento del prójimo por distante que esté del otro; de alguna forma nos humanizamos en la medida en que participamos de los sentimientos de aquel que más sufre, y es ahí cuando aparecen los milagros de la vida, es decir, aquellos pequeños o grandes espacios que nos dan la oportunidad para llegar al sufriente con un hálito de felicidad, con un pequeño o gran puñado de alegrías que sorpresivamente, o con la agudeza de la actitud personal, pueden ser brindados con el más fino ingrediente de la riqueza interior que habita en cada ser humano que sabe  activar su sensibilidad para acercarse al prójimo y brindarle su pócima de cariño, de admiración, de pleitesía, incluso ante “en el recto callar”, cuando las palabras que pueden aflorar para llenar de magnanimidad al que sufre, no salen fluyentes, oportunas, misericordiosas, porque el dolor que también padece aquel que quiere brindar lo mejor de sí por el que sufre, se le quedan ahogadas o quizá reprimidas en el fluir de su contacto con el que sufre.


En un país que casi no lee sino solo para estudiar, es decir, para cumplir con una tarea escolar y no para darnos cuenta que “la lectura nos ayuda a develar secretos de cuya existencia ni siquiera sospechábamos, a imaginar otros mundos posibles, a habitar lugares y tiempos diferentes; a encontrarle sentido a la vida, allí donde parecía que todo había acabado para nosotros; a ejercitar nuestro pensamiento divergente y darle alas a nuestra creatividad; a aguzar nuestras capacidades de análisis y de síntesis; a mejorar nuestro poder de expresión y convertirnos no solo en lectores de textos ajenos, sino en autores de nuestros propios textos, ‘no para que todos seamos artistas’, como decía [el escritor italiano] Rodari, sino ‘para que todos seamos libres’” (Delgado, 2011).


El columnista Enrique Rojas de Diario El Universo de Guayaquil, en uno de sus espacios periodísticos “Qué queremos de la educación?”, preocupado por las circunstancias deplorables en las que se desenvuelve nuestra educación ecuatoriana, agobiada por una serie de problemas de ineptitud política provocada por los diferentes gobiernos de turno, por la falta de acciones socio-familiares adecuadas, por la pobreza material y moral de sus ciudadanos y por el bajísimo nivel profesional y humanístico-pedagógico-científico de nuestros docentes que no permiten que la educación formal y escolarizada obtenga unos resultados adecuados a las más sanas posibilidades intelectuales y emocionales de vida que deben poseer nuestros estudiantes para que contribuyan al desarrollo socio-productivo y científico-investigativo-cultural para que nuestra realidad ecuatoriana sea la más óptima en todos los órdenes de vida que cada ciudadano emprende cotidianamente en su diario vivir.


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